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WOLFANGO MONTES: «YO HAGO LO POSIBLE PARA QUE MIS NOVELAS NO ME SALGAN COMO PIPOCAS»

El psiquiatra y escritor llegó a Santa Cruz de la Sierra para recibir un reconocimiento en la Feria Internacional del Libro y presentar una nueva edición de su novela Jonás y la ballena rosada. En esta entrevista, habla sobre su obra, sobre su inspiración y, de paso, sobre el amor.  

Por Rildo Barba. Foto Okey! | 24.06.26

Jonás y la ballena rosada ha sido publicada en Argentina, México, Cuba, Brasil, EE UU y Rusia. Tiene varias ediciones en Bolivia.

Pocas veces una novela y su autor llegan a fundirse de manera tan profunda en el imaginario colectivo. Es el caso de Jonás y la ballena rosada y Wolfango Montes, una dupla inseparable en la literatura boliviana. Décadas después de su publicación, la obra sigue despertando interés y conquistando lectores. Así quedó demostrado recientemente en la Feria Internacional del Libro de Santa Cruz de la Sierra, donde el reconocido psiquiatra y escritor fue homenajeado por su valiosa producción literaria y Grupo Editorial La Hoguera presentó una reedición de su novela más celebrada. Sí, “Jonás”.

Pero, ¿por qué Jonás y la ballena rosada sigue siendo mencionada entre las obras más relevantes de Latinoamérica? Para el autor cruceño, la respuesta radica en la vigencia de los temas que aborda y en quienes la mueven. «Para que una historia sobreviva necesita personajes vivos, auténticos, que haga que el lector se identifique con ellos. Y, claro, precisa un enredo, una trama interesante y convincente», explica. «Además, la novela desarrolla una pasión prohibida enmarcada en un escenario de corrupción».

Wolfango Montes Vanucci dice que su obra es, ante todo, una sátira social. Según él, lo que ocurre en sus páginas transcurre entre risas, humor e ironía, recursos con los que él buscó retratar la desmesura y la locura de una época. Una locura que no era ficticia, sino profundamente real y que, décadas después, conserva inquietantes paralelismos con el presente. Aun así, evita atribuirse interpretaciones definitivas sobre su impacto.

La euforia por Jonás y la ballena rosada ha trascendido fronteras e idiomas. Además de sus numerosas ediciones en Bolivia, la novela ha sido publicada en Argentina, México, Cuba, Brasil, Estados Unidos y Rusia. Montes considera especialmente significativa su reciente traducción al ruso. A su juicio, las situaciones retratadas en la obra encuentran eco en experiencias históricas y sociales que también vivió Rusia. Esa conexión demuestra que los conflictos humanos, la corrupción, las contradicciones del poder y las pasiones que atraviesan la obra poseen un carácter universal.

¿Qué significa para usted la nueva edición de su novela?

Me llena de satisfacción, porque hacer una edición de una novela con casi 40 años significa que la historia está viva. La obra ya no me pertenece, pero es algo que va a perdurar, que irá más allá. Hagamos de cuenta que mañana me muero, entonces es posible que siga reproduciéndose.

Doctor, ¿por qué no ha vuelto a repetir la fórmula con otras novelas?

A mí me parece que repetir la fórmula no llevaría al mismo resultado, porque sería con ingredientes diferentes. Pero, en realidad, yo rompí esa fórmula; nunca más la quise repetir. ¿Sabe? “Jonás” fue una inspiración; fue algo que me llegó. La escribí de un solo tiro. Claro, demoré ocho meses, pero las ideas las tenía acumuladas dentro de mí y las expresé. Yo creo que existía en el aire, porque un escritor de aquella época me dijo: “Mirá, me ganaste. Yo tenía la misma idea y no tuve tiempo de hacerla”. Es posible, claro que es posible.

Desde 1984, usted ha ido publicando novelas frecuentemente. La más reciente fue El cielo de los herejes, en 2024…

Intento escribir de acuerdo a mi inspiración. Como tengo imaginación, podría hacerlo sin inspiración, pero no, no me gusta; el resultado es diferente. No es lo mismo inspiración que imaginación. La inspiración es algo más profundo; tiene más sentido, más significado; nace del inconsciente.

¿Cómo se escribe conscientemente?

Como si uno fuera una computadora. En cambio, desde el inconsciente, desde lo más profundo, hay que dejar que germine; hay que dejar que la idea vaya obteniendo más fuerza.

O sea, ¿a usted no le salen las novelas como pipocas?

No (risas). Yo hago lo posible para que mis novelas no me salgan como pipocas (risas), porque ahí se notaría cierta artificialidad en ellas. Lo importante de una novela son los personajes, sus vivencias y las propias vivencias del escritor. Cuando uno escribe con inspiración, los personajes obtienen vida propia y a veces ellos hacen cosas que el autor no quiere; van en otra dirección. Es una cosa interesante, medio loca, pero esa es la diferencia entre la inspiración y la imaginación: los personajes tienen vida propia. ¿Sabe? Antes de morir, Honoré de Balzac pidió a gritos llamar a un médico que existía en sus obras. Confiaba más en el médico que creó inspirado que en un médico real.

Supongo que algunos de sus personajes deben salir de su consultorio de psiquiatra…

Sí, surgen personajes. Vea usted: la materia prima de un novelista es la vida. Puede ser su propia vida y la de quienes lo rodean. Entonces, en un consultorio, uno tiene contacto no con una, sino con dos, 10, 20, 30, 100 vidas; eso enriquece la percepción sobre el ser humano. Pero para que eso suceda, uno precisa sentir esas vidas con cierta pureza de mente, porque si se llega con conceptos y se ve a un paciente como un mecanismo psicoanalítico y bioquímico, no está viendo una vida. Eso es un problema; por eso, durante muchos años, yo preferí mantener un límite entre la psiquiatría y la novelística.

O sea, no quiso mezclar…

Sí, intento no mezclar. La psiquiatría me sirve para contactarme con seres humanos con un montón de vidas diferentes. ¿Sabe? A veces la vida es más sorprendente que la ficción.

En “Jonás”, ¿quién es usted?

(Risas) Un novelista que calificaba a “Jonás” como una obra picaresca me dijo un día: “Vos no sólo sos alguien que escribió una novela picaresca; sos un personaje de novela picaresca”. Le digo a usted: el personaje principal tenía mucho de mi temperamento de la época, de mi forma de ser; así, un poco irreverente, humorística, de no tomar las cosas tan en serio, de ver la vida como un juego.

“Jonás” es la historia de unos amantes, ¿usted es romántico, doctor?

Vea, yo no creo en el amor romántico. No creo en ese amor en el que uno da todo por una persona y piense que con una relación soportará mejor la vida. Eso no significa que en la época en la que escribí “Jonás” creyera en el amor romántico; tampoco creía en él.

Entonces, ¿cómo soporta la vida si no cree en el amor?

Creo en un amor, digamos, más desprendido, no posesivo; porque si uno depende del amor para vivir, sufre. Se puede amar a alguien y saber que, si no será feliz a tu lado, te sentirás bien dejándola ir para que lo sea. Ese es un amor mucho más difícil de realizar que el amor romántico.

¿Está casado, doctor?

Sí.

¿Muchos años ya?

Sí, muchos años ya (risas).

¡Entonces es un enamoradango!

(Risas) Sí, llevamos muchos años. Con el paso de los años, el amor atraviesa diversas etapas para lograr sobrevivir.

Volviendo al tema literario, ¿desde cuándo escribe usted?

Comencé a escribir de forma tardía. Yo, como todo el mundo en la adolescencia, escribía poemas, cosas así. Pero una vez, estando trabajando en un centro de salud mental, otro psiquiatra me dijo: “Vos hablás cosas tan interesantes, ¿por qué no escribís?”. En esa época yo conversaba sobre música, literatura, filosofía, política… Pero como antes un amigo me había desanimado después de leer algo que escribí, diciéndome: “No, de aquí nunca saldrá un buen escritor de nuestra región” (risas), no lo había intentado. Sin embargo, cuando este colega me animó, empecé a hacerlo y me di cuenta de que era mi vocación.

¿Y qué escribió?

Escribí una novela y nunca la publiqué. Entonces escribí otra titulada El gorrión desplumado. Se la di a leer a un crítico español que trabajaba para la editorial Nueva Acrópolis. El tipo me llamó y me dijo: “Mire, realmente usted es un novelista. A mí me ha gustado mucho; vamos a pedir que se publique”. Entonces, comencé gracias a una persona a la que le gustó lo que escribí desde la primera lectura.

¿Y por qué la primera novela que hizo no la publicó? ¿No le gustó? ¿Qué tenía?

No, no, no, no me gustó. ¿Sabe? La escribí, pero ni siquiera la releí. Había algo que me decía que no era buena, porque, generalmente, valorar una obra de arte se hace más de forma intuitiva que racional. Entonces, mi intuición me dijo que no, que no debería ni mirarla. Creo que me dio miedo desanimarme y dejar de escribir.

¿Tanto así?

Sí, porque, imagínese, antes yo había dejado de lado el sueño de ser escritor porque un amigo me desanimó. Ahora que alguien me motivó a escribir nuevamente, pensé que lo mejor era dejar esa novela guardada y comenzar otra. Y esa otra me salió bien.

¿Y de verdad tiene guardada esa novela no publicada?

La debo tener, pero ni ahora me animo a leerla.

¿Y quién dice que cuando usted ya no esté la publiquen y sea un éxito?

Bueno, ahí sí, ¿no? (Risas) No sé. Tal vez tenga que leerla, quemarla o dejarla nomás, ¿no? (Risas) Sí, ha habido libros que se publicaron hasta 100 o 200 años después de que el autor murió y resultaron extraordinarios. Las Memorias de Saint-Simon (de Louis de Rouvroy), por ejemplo, fueron publicadas más de un siglo después y ahora el libro es considerado un monumento de la literatura francesa.

Bueno, piénselo, doctor, que por ahí tiene un bestseller ahí guardado…

Usted me ha alertado. Le echaré una mirada (risas).

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