Entrevista

JAVIER LIBERA: «NUNCA VI LA LUZ AL FINAL DEL TÚNEL»

El dueño de El Aljibe y Tía María venció al Covid-19 en una batalla que duró alrededor de un mes. Estuvo intubado, sufrió alucinaciones y tuvo que reaprender a manejar sus piernas. Vivió para contarla. 

Ha renacido. Javier Libera sobrevivió al Covid-19. El domingo de Carnaval fue ingresado a terapia intensiva de una clínica en Santa Cruz y un mes después logró la oxigenación suficiente para que le retiren el tubo que le metía aire a los pulmones. Entonces lo mandaron a que se recupere al centro médico de su seguro y de allí a su casa, donde las fisioterapias y controles fueron constantes y largos.

El gestor cultural y propietario de los restaurantes El Aljibe (en la capital cruceña) y Tía María (en Samaipata) no tenía idea de lo mal que iba a estar, pese a que llegó al médico con dificultad para respirar y, de hecho, antes de que lo intuben se despidió de su madre y amigos con un “nos vemos después”.

En el tiempo que estuvo en terapia intensiva, las redes sociales se inundaron con pedidos de oraciones para su recuperación y sus amigos organizaron rifas y donaciones de dinero para ayudarle a su familia con los gastos médicos. El hombre, de 53 años, le ganó la batalla al virus. Dice que Dios le dio la oportunidad de estar más tiempo con su gente.

¿En algún momento tuviste miedo de morir?
Nunca pasó por mi mente esa posibilidad. Fui a un médico particular porque tenía dolor de garganta y fiebre intermitente. Él no me pidió análisis ni nada, solo me dio un antibiótico y me mandó a la casa. Dos días después desperté sin poder respirar, fue cuando Jacob (Zapata, un amigo) me llevó al seguro. Allá la enfermera no me dejó entrar por la puerta principal y directamente me mandó a la habilitada para sospechosos de covid. Me hicieron la prueba y una radiografía, pero sin esperar los resultados me dijeron que si quería podían internarme. Y claro que quise hacerlo.

Pero, ¿no tuviste ningún síntoma más?
Ninguno. Nada de pérdida del gusto o del olfato, más bien el olfato se me agudizó: era impresionante lo que sentía los olores; podía oler las ampollas que destapaban las enfermeras a cinco metros de mí.

¿Te intubaron el mismo día que te internaron?
No, pero en dos días de observación me mandé tres tubos de oxígeno. Un amigo médico que vive en Estados Unidos (Felipe Centellas) me indicó que me echara de barriga para poder respirar mejor, pero llegó el momento en que yo mismo pedí que me intubaran. Antes de eso hablé por videollamada con mi madre y amigos; no fue una despedida para siempre, fue una despedida normal: “Me van a intubar; nos vemos después”.

¿Cómo fue tu despertar?
Nueve días después. ¡Nueve bendecidos días! Y digo así porque al décimo día me iban a hacer la traqueotomía. Ese es el tiempo que esperan los médicos porque la garganta ya no aguanta más. Los médicos vieron que comencé a reaccionar, que mi oxigenación había mejorado, y me despertaron para ver si funcionaba yo solo, ¡y funcioné! No sé cuánto tiempo estuve intubado y atado de pies y manos, pero ya despierto.

¿Cómo es estar así?
Al salir de terapia, te encontrás en un letargo que no sabés si estás durmiendo o despierto, pero tenés tu cabeza funcionando. Fue entonces cuando yo le pregunté a Dios qué quería de mí, que solo podía pasar lo que él quisiera; pero le pedí que me diera la oportunidad de estar más tiempo con mi gente. Y le dije: “Seguí haciendo conmigo lo que te dé la gana, porque siempre lo has hecho bien; y si querés llevarme, hacelo”. En ese tiempo nunca vi la luz al final del túnel ni a nadie viniéndome a recoger.

Algunos recuperados de Covid-19 sufrieron alucinaciones. ¿Vos también?
El primer día tuve miles de alucinaciones: yo veía sangre chorreando en las paredes o saliendo del piso, que a veces era sangriento, en otros momentos negro o convertido en un mosaico divino. También vi a la primera gata que tuve saliendo de la pared, pero no era un animal de carne y hueso, sino sus pelos formando su figura. Además de eso, tuve un efecto neurológico brutal: cerraba los ojos y veía unos chispazos de luz; y cuando los tenía abiertos, de rato en rato, todo se volvía negro, ¡negro total! Las alucinaciones continuaron por dos o tres días.

¡Como de película de terror!
Totalmente. Al despertar vi a un hombre parado frente a mi cama y yo reconocí en él a un excompañero de colegio, pese a que estaba con máscara y toda la indumentaria médica. Después creí que era un sobrino y le pregunté qué hacía ahí; según yo, él me respondió que me llevaría a las fisioterapias. En ese momento escuché que su madre y abuela discutían afuera. Ahí hice mi show, comencé a desesperarme, pensando que algo malo había pasado con quienes tenían que ir por mí. Me tranquilicé después de hablar con el médico de Estados Unidos; él se dio cuenta que estaba alucinando. En la clínica había una doctora amiga suya (Jhomara Vasquez) y a través de ella nos comunicábamos. Según yo, con ella charlé después de haber despertado, pero era algo imposible porque seguía intubado.

¿Quién o quiénes fueron las primeras personas con las que hablaste al salir de terapia?
Con mis amigos Jacob (Zapata) y Daniel (Padilla), mi hermano (Alberto) y mi mamá; dos primeros y dos después. Mi reacción fue llorar. Ellos, supertranquilos. Mi mamá increíblemente serena; ella es fuera de serie, muy fuerte. Siempre dijo que nada de malo iba a pasar porque Dios la amaba y me amaba a mí.

¿Por qué llorabas?
Sentía una emoción muy grande. ¡Había vuelto a nacer! Prácticamente, yo he recibido a mis sobrinos de las barrigas de sus madres, ¡y era eso lo que pasaba conmigo en ese momento! Lloraba porque respiraba, porque sentía, porque veía… Y eso se sumaba a todos los sentimientos que uno ya tiene como adulto.

¿Qué fisioterapias recibiste?
Al comienzo recibí fisioterapia respiratoria y rehabilitación motora. La parte motriz se afecta mucho con la enfermedad, demasiado; uno tiene que aprender hasta a caminar. Para que te des idea: al día siguiente que me sacaron el tubo me trajeron el desayuno para ver si lo comía; pero no pude partir la galleta de agua, ¡no la pude partir con las dos manos! No tuve la fuerza para hacerlo. A ese nivel, de no poder levantar un vasito desechable; tuve que tomar el té con una cucharilla, y lo hice llevándola temblando hasta mi boca.

¿Y cómo fue tu recuperación física?
La primera vez que quise pararme solo llegué al borde de la cama y me fui de cara al suelo. Mis piernas no me lo permitieron. Lloré al pensar que me iba a quedar así. Eso asusta. Los médicos no se toman el trabajito de explicarte que es temporal, seguramente porque tienen diez mil cosas que hacer. ¡Ya después es el entorno el que te informa! Para mi recuperación física sugirieron que aparte del fisioterapeuta de la clínica, tenga otro particular. Fueron muchos controles, más de los que pensé que podía tener. Uno cree que te dan de alta y chau, pero no, con el coronavirus no es así.

¿Qué sentiste al saber que había gente orando por vos y recaudando plata para ayudar a tu recuperación?
Cuando me sacaron de terapia era un NN en la clínica, pero me trataron tan bien que quise agradecer pidiendo comida para el equipo todos los días. Solo la doctora amiga de Felipe sabía de mí; a través de ella había comunicación entre él y yo. Cuando volví a la clínica del seguro para mi recuperación, las enfermeras salieron a recibirme felices porque estaba volviendo. Entonces una de ellas me dice: “Ay, don Javier, ¡usted había sido famoso!”. Y ahí me mostró en Facebook un post de Cecilia Bellido pidiendo ayuda para mí. Lo leo y comienzo a llorar. Pienso que estamos con problemas económicos y que debía ser grave para que ella publique algo así. Llamé a mi gente y le pregunté. Me dijeron que mis excompañeros de colegio hicieron una colecta porque sabían que los gastos médicos por covid son grandes y que los hermanos de ellos empezaron una campaña al igual que los hermanos de los excompañeros de mi hermano. ¡De ahí reventó para todos lados! Se hizo una cosa realmente impresionante que yo desconocía porque me habían dado un celular con los contactos más cercanos. Un día, ya en la clínica de recuperación, videollamé al restaurante y me respondió María René Liévana; ella me mostró un montón de majaditos que estaban haciendo para vender en mi beneficio. “Esto es para vos”, me dijo. “No tenés idea de la cantidad de gente que te quiere”. Ya después las enfermeras me chismeaban de otras actividades… Me olvidé lo que te estaba contando.

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