Arte

VERÓNICA CARDOZO RECONFORTA SU ALMA CON MÚSICA

La directora coral de la Orquesta Filarmónica nació en cuna de artistas y su pasión musical la convirtió en maestra de piano, flauta dulce y flauta traversa.

La voz de Verónica Cardozo es melodiosa, y calma, da paz. Quizá sea una mezcla de su pasión por la música y sus estudios de sicología, o tal vez porque tiene espíritu de maestra. También, puede ser una fusión –muy buena, por cierto– de ambas posibilidades.

Además de ser la directora del coro de la Orquesta Filarmónica de Santa Cruz de la Sierra, es dueña de la escuela Musiarte, en la que antes de la cuarentena enseñaba a tocar piano, flauta dulce y flauta traversa, y donde, además, otros maestros impartían clases de guitarra y órgano. Sus alumnos, niños y adultos, se redujeron a 11 y continúan con ella a través de videollamadas. «No he tenido problemas con la enseñanza virtual porque siempre enseño de forma individual», manifiesta. «Con la filarmónica Santa Cruz es diferente: necesitamos estar juntas muchas personas para poder ensayar y eso todavía no es posible. Sin embargo, hemos grabado nuestras voces para que el director las fusione en un solo video con el que tratamos de incentivar a la gente a seguir adelante». Cardozo se refiere a “La canción del pueblo”, de la obra Los Miserables, que el coro de la orquesta subió a sus redes sociales.

Por cierto, la primera temporada de la filarmónica quedó truncada en marzo por el inicio del confinamiento y el trabajo de la directora coral con alrededor de 70 personas se quedó en extenuantes jornadas de ensayos. Tenían en sus manos lograr sonidos hasta de aves, todo por presentar en el escenario las obras musicales del compositor italiano Ennio Morricone. El concierto iba a ser dirigido por Isaac Terceros, que curiosamente fue alumno de Verónica Cardozo en el desaparecido Colegio de Bellas Artes. «Isaac era y es brillante. Cuando se fue a Brasil a estudiar Dirección Orquestal y Coral, lo hizo con la idea de volver para crear la mejor orquesta del país. Regresó y me llamó para que integre su equipo de trabajo. Es un privilegio», indica. 

La situación provocada por la emergencia sanitaria no desesperó a la maestra, pese a que en su familia hubo varios contagiados con COVID-19. «La música ayuda muchísimo en momentos difíciles, tiene un efecto maravilloso en las personas: produce alegría y entusiasma», atribuye. «No podemos cambiar las situaciones externas, lo malo que vemos en las noticias, pero sí podemos reconfortar el alma con las artes».   

La casa de Verónica es una escuela y en una similar creció. Su padre, Guido Cardozo, era un arquitecto que daba clases de guitarra y flauta dulce. Su madre, Yolanda Cabrera, es la etnomusicóloga fundadora del Conjunto Autóctono Municipal y del Museo Etnofolclórico; ella le enseñó a tocar piano cuando apenas tenía cuatro años de edad y, de grande, algunos de los instrumentos de viento del oriente boliviano que había recuperado en sus investigaciones: secu-secu, pífano de tacuara, pífano de hueso, yoresomanca y topurr. Sí, ella es supertalentosa genéticamente y por crianza. Sus estudios en Bellas Artes y en la Universidad Evangélica Boliviana la convirtieron en una profesional en Música.

Fue en la universidad donde empezó su preparación profesional como cantante, aunque desde niña ya participaba en coros. Tomó clases con la soprano hondureña Aida Zacapa y cursos en el extranjero de Dirección Coral, Didáctica Musical y de cómo estimular el cerebro a través de la música. El canto la llevó a crear y dirigir el ensamble de flautas Dulces Ayres, con el que ha participado en algunas ediciones del Festival de Música Barroca y se ha presentado en varios países de Latinoamérica. Paralelamente, integra Belcanto, un quinteto vocal a capela que también ha tenido actuaciones exitosas en el exterior.    

Para enseñar, Verónica Cardozo no tiene ninguna preferencia. Para interpretar, le gusta la flauta dulce. «Tal vez por su delicadeza, porque es el instrumento que más se parece a la voz humana. Quizá también me guste mucho porque me recuerda a mi padre», dice. Sus tres hijas (Nicole, 17; Valeria, 12, y Sofía, 10) tocan piano, y la mayor canta en la filarmónica y practica danza moderna. «Cuando se tiene padres músicos, todo surge».

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