En las redes sociales, sus videos retratan su cotidianidad y sus raíces culturales. Dejó el campo en busca de libertad y de un futuro profesional sin renunciar a lo que es.
Por Rildo Barba. Fotos gentileza de Gerardo Menonita | 16.04.26

Tiene 23 años. Vive en la capital cruceña desde 2025.
Es probable que en Bolivia pocos lo identifiquen por su nombre real, Gierhard Rempel Neufeld. Pero en redes sociales, donde se presenta como Gerardo Menonita, su alcance es otra historia: suma 227 mil seguidores en Facebook y 476 mil en TikTok. Del otro lado del celular, nadie diría que creció hablando otro idioma distinto al español; incluso presume con orgullo su “acento camba”, aunque a veces se le mezclen el vos y el tú.
Nació en Paurito, a 27 kilómetros al sureste de Santa Cruz de la Sierra. «Soy 100 % camba, boliviano. Amo Santa Cruz porque es mi patria», afirma. Tiene 23 años, es el menor de 12 hermanos y en 2025 decidió mudarse a la ciudad en busca de libertad y oportunidades. «Vine con la idea de trabajar en lo que me gusta: la creación de contenido y colaborar con marcas», explica.
Su historia en redes comenzó hace siete años, pero en el campo —cerca a Ascensión de Guarayos— las oportunidades de crecimiento eran limitadas. Por eso tomó la decisión de emigrar. Llegó a la capital cruceña con 820 bolivianos en el bolsillo y durante dos meses se alojó en la casa de un amigo, quien además le dio trabajo produciendo videos para promocionar su salón de belleza. Poco después, decidió independizarse.
Con las enseñanzas de repostería heredadas de su madre, Gerardo emprendió su propia panadería. Sin embargo, el proyecto tuvo corta duración. «Al no tener una tienda física, las entregas en moto se volvieron un problema. Los costos subían cada vez que llovía», cuenta. «Llegó un punto crítico: el pan se quedaba y las galletas se arruinaban».
Así, optó por cerrar temporalmente, con la intención de retomar el negocio cuando cuente con un espacio adecuado. Paralelamente, gracias a una oportunidad brindada por una universidad —que le ofreció estudios a cambio de sus servicios publicitarios— comenzó la carrera de Marketing y Publicidad. «Yo sé crear contenido, pero no manejar empresas. Esta carrera me va a ayudar cuando vuelva a abrir mi panadería», asegura.

Se dedica a crear contenido en redes sociales desde hace siete años.
¿Cómo fue que siendo menonita pudiste tener celular?
Mi primer celular me lo regaló mi papá. Tenía 12 años y era uno con botones. Un año después, mi hermano de Estados Unidos me regaló uno con pantalla táctil. Como en esa época mis padres habían decidido cambiar de iglesia, también tenían uno; entonces sí me dieron el permiso. Obviamente me controlaban para saber qué uso le estaba dando.
¿Tus padres cambiaron de iglesia para tener más libertad?
Correcto. Mis padres decidieron cambiar de iglesia dos veces. Primero, cuando yo tenía cuatro años, salieron de la iglesia tradicional de los menonitas para entrar a una un poco más liberal, donde había un poquito más de libertad para temas laborales, para sociabilizar con personas de otras culturas y para usar tecnología. Ya después decidieron ser parte de otra iglesia donde la libertad era aún mayor, incluso con la vestimenta. Esos cambios también me ayudaron a pensar diferente; creo que fueron parte de mi desarrollo. De alguna manera, mis padres me enseñaron a hacer evolucionar mi mentalidad; yo constantemente estoy en eso.
¿Pediste permiso a tus padres para venir a vivir a la ciudad?
Pude decidirlo yo mismo porque iba a ser un gasto mío. Lo que pasa es que los menonitas, en su mayoría, llegan a ser independientes de sus padres cuando cumplen 18 años. Antes de eso, lo que se gana trabajando es para los ellos. Al principio, mis padres no estaban de acuerdo con que yo venga a vivir a la ciudad, y hasta ahora no lo están del todo (risas); no entienden el tema de llegar a ser profesional. Con la Secundaria, mi mamá sí me apoyó; siempre me motivaba a seguir, a no faltarme, a dar todo de mí. Aunque no comprendía a lo que iba, sí me apoyaba.
¿O sea que pudiste no ser bachiller?
La mayoría de los menonitas no estudian la Secundaria. Entonces, yo también no lo hice a su tiempo porque no tuve las posibilidades. Al cumplir 18 años decidí seguir con los estudios, pagándomelos con lo que trabajaba. Salí bachiller a los 21.
¿De qué trabajabas?
Bueno, a los 12 años ya trabajaba ayudando a mi papá en el campo, pero trabajo como tal recién tuve a los 16. Fui profesor de Primaria en un colegio de la iglesia en la que ahora están mis padres. Cuatro personas nos dividíamos las materias que enseñaríamos a 50 niños; yo manejaba más Lenguaje y Sociales.
Enseñabas Lenguaje… ¿en español?
Sí, en español, porque, aunque el colegio era alemán, los padres de los niños querían que sus hijos aprendan el idioma para poder conectar mejor con los bolivianos.
¿Vos aprendiste así?
Sí. Mi lengua materna es el plódich, pero ni bien entré al colegio tuve la obligación de aprender alemán. El español lo fui aprendiendo mientras miraba películas que salían en la tele. A los 16 años, cuando empecé a crear contenido, ya lo hablaba mejor pero no con acento camba, no me tragaba las eses (risas). Pero después fui perfeccionando eso por presión social. Me decían: “¿Sabes qué? Sos de Santa Cruz y no hablás como nosotros”. Entonces me obligué a mí mismo a empezar a desarrollarlo. Puedo hablar de manera neutral, pero me gusta el acento camba.
¿Qué otros trabajos tuviste antes de venir a Santa Cruz?
A mis 18 años empecé a trabajar en una lechería, donde fabricaban queso. Yo nunca entré a esa área; no sé hacer queso (risas). Sobre todo, trabajé con el ganado, llevándolo de un lado a otro y ayudando a sacar la leche a las vacas con unas máquinas. Pero eso duró muy poco, sólo tres meses, porque no era mi área, no me sentía cómodo ahí. Me fui a una empresa agrícola, labrando y sembrando la tierra. En eso estuve hasta antes de venir a la ciudad.
¿Te costó dejar a tu familia?
Me costó dejar a mi mamá. Al ser el hijo menor, era muy apegado a ella. De hecho, muchas veces mi papá se molestaba porque yo paraba más tiempo con ella que ayudándole con el “trabajo de hombres”, así, entre comillas. Es que yo disfrutaba mucho estar con mi mamá. Con ella podía hablar sin sentirme juzgado; conectábamos muy bien. Era mi apoyo emocional; algo que ahora no tengo. Ella es una madre única.
En uno de tus videos decís que tu madre te enseñó a hornear…
Sí, muchos diferentes tipos de horneados. Pero también me enseñó a cocinar. Cocinaba con ella y le ayudaba con la limpieza de la cocina. Así aprendí a ser bastante ordenado y limpio.
¿Esos oficios no son para hombres?
No lo son para la cultura menonita. Hace un tiempo hice un video mientras cocinaba. Fue raro porque muchos menonitas empezaron a atacarme por eso, por hacer un trabajo de mujer. Me decían que era poco hombre, que cómo iba hacer videos así… Otros lo tomaron por el lado positivo; porque sí hay menonitas hombres a los que les gusta cocinar.
¿Te molestan los haters?
Cuando recién empecé me afectaba muchísimo. Actualmente, siento que los comentarios negativos de alguna manera me ayudan: son los que más aportan a que mis videos se hagan virales (risas). Aparte de eso, veo el tema por el lado realista; he pasado por tantas cosas malas que digo: “Este comentario no está como para que yo le dé importancia o lo tome de forma personal”. Yo lo haría si lo hicieran mis familiares, nadie más. Nadie más que ellos tienen el derecho de hacerme sentir mal.
¿Qué cosas malas te han pasado acá?
Se me fregó el celular con el que hago mis videos; ese fue un momento crítico para mí, porque recién había empezado con la panadería y todo el dinero que tenía lo había invertido en ese negocio. Entonces yo dije: “¿Ahora qué hago? No tengo con qué vender ni con qué hacer publicidad”. Era una herramienta indispensable. Sí o sí lo necesitaba, porque mi tienda era online. Me estresé mucho con eso, pensé en empacar mis cosas y volver con mis padres.
¿Y qué hiciste?
Ahí se me ocurrió la idea de pedir ayuda. Yo había organizado obras sociales en mis redes sociales; por ejemplo, con dinero aportado por mis seguidores, una señora pudo tener una casa digna. En la que vivía se inundaba cada vez que llovía. También, en Navidad, regalamos juguetes a más de 100 niños de la calle. Entonces dije: “Voy a ver si mis seguidores me ayudan con eso”. Publiqué un QR contando lo que me estaba pasando y el por qué quisiera que me ayuden. En dos días ya tenía lo suficiente para comprarme el celular que necesitaba para trabajar.
¿Vos creés que sos influencer?
No me llama la atención tener títulos como tal. Yo soy un creador de contenido y estoy contento con eso. No tengo problemas con que me llamen así; pero lo que no me gusta es que me digan que soy famoso. Soy conocido, pero famoso ya es otro nivel.
En algunos de tus videos usás el característico overol de los menonitas, ¿por qué no lo vestís siempre?
Uso el overol como gancho, pero también como un recordatorio de mi identidad; como el tipoy para las mujeres cambas.
¿Extrañás tu casa?
Sí, bastante. Yo siempre chingué y chingué para venirme a la ciudad. Y sí, me gusta la ciudad, pero la verdad es que acá el agotamiento es sumamente grande. No hay la calma del campo, por eso, cuando voy, lo disfruto mucho. Allá se siente otro aire y una energía totalmente diferente.
¿Sos feliz, Gerardo?
Creo que he sido más feliz en mi vida. Tengo momentos muy críticos por momentos. No sé si es la soledad o el ‘sobrepensar’. Tengo problemas para dormir por eso: pienso en qué voy a hacer, cómo voy a sustentarme, cómo pagaré mis gastos… Me preocupo demasiado si conseguiré lo que me propongo, si tendré los trabajos que necesito para poder seguir estudiando y cosas así. Es complicado. De todos modos, mis momentos más felices son cuando estoy en la universidad. Comiendo también soy feliz.
¿Qué te gusta comer?
Como de todo. Pero, a ver, algo de Bolivia que no me guste… El cuñapé en algunas zonas. Lo que pasa es que soy muy exigente con el cuñapé. No es fácil encontrar uno realmente bueno.
¿Y qué te gusta cocinar?
Cualquier tipo de comida con carne. ¡Pollo no! Cuando llegué a la ciudad comí pollo hasta que me acobardé. Oye, acá se traga pollo a patadas (risas).
¿Has tenido cortejas?
Sí, he tenido una corteja menonita, y bueno, he estado con cambas también. Ahora estoy solo.
Pero, ¡buscate, pues!
No. Es un gastadero (risas). Primero tengo que enfocarme en mí, en estar muy estable económicamente para poder manejar una relación. Mis padres me enseñaron que estar en pareja es algo importante, algo que se tiene que tomar con seriedad. Entonces, si en algún momento estoy con alguien, es porque quiero pasar mi vida con esa persona. No puede ser algo temporal.
¿Querés casarte?
Ahorita no, pero no sé lo que pueda decirte de acá a cinco años. No estoy apurado con eso.
¿Y cuántos hijos te gustaría tener?
Si llego a tener hijos serían dos como máximo. No sé cómo mis padres tuvieron 12 (risas). Yo con una hija perruna reniego.

No se considera influencer y dice ser conocido, no famoso.




