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JORGE DANIEL SANGINES FÜCHTNER: DOS DÉCADAS CONSTRUYENDO INNOVACIÓN DESDE ALEMANIA

El empresario cruceño lidera una compañía especializada en transformación digital, ciberseguridad y modernización tecnológica.
Por Rildo Barba. Foto Gentileza de Jorge Sangines | 29.06.26

Sangines participó en eventos tecnológicos, redes de innovación y en espacios políticos.

Cuando Jorge Daniel Sangines Füchtner dejó Bolivia para estudiar Ingeniería Informática en Alemania, no imaginó que dos décadas después estaría al frente de una empresa tecnológica en pleno crecimiento global. Hoy dirige Lion Software GmbH, una consultora alemana de tecnologías de la información (TI) y desarrollo de software con sede en Hamburgo, especializada en procesos de digitalización, ciberseguridad, desarrollo ágil y modernización de infraestructuras tecnológicas para startups y medianas empresas.

Era un muchacho de 20 años y después de terminar la carrera, cursó tanto la licenciatura como la maestría, en un sistema educativo característico del país: el modelo dual, donde se estudia y se trabaja de forma simultánea. Desde el tercer semestre, ya buscaba empleos relacionados con su formación. Después de dos décadas en Europa, su trayectoria combina banca, startups, ingeniería de software y consultoría avanzada. «Somos una empresa mediana, pero con un alcance interesante. Hemos aprendido a leer el mercado y adaptarnos», concluye.

En su época universitaria, entre 2005 y 2008, el contexto tecnológico en Alemania y Europa era particularmente favorable: había una fuerte escasez de programadores. Mientras aún era estudiante de maestría, comenzó a trabajar en el sector bancario, desarrollando sistemas informáticos para entidades financieras. Esa experiencia temprana marcó el inicio de una carrera ligada a la arquitectura de sistemas complejos. Con el tiempo, llegó a integrarse a un consorcio considerado entre los cuatro más grandes de Alemania en su sector.

 

De la banca a la era de los startups

Tras consolidar su experiencia en el mundo corporativo, Jorge Daniel Sangines dio un giro hacia el ecosistema emergente de startups que explotó en Europa a partir de 2010, en plena era de digitalización global impulsada por plataformas como Facebook y WhatsApp. En ese contexto, participó activamente en eventos tecnológicos, redes de innovación e incluso espacios políticos vinculados a la modernización digital de Alemania. Según él, aunque el país posee una base tecnológica sólida, su ritmo de digitalización ha sido más lento debido a su estructura demográfica y empresarial.

Durante su maestría también se había enfocado en tecnologías de futuro: sistemas distribuidos, cloud computing y arquitecturas escalables capaces de soportar millones de usuarios. Además, realizó un intercambio académico en la Universidad de Oxford, en Inglaterra, lo que amplió aún más su visión tecnológica. Con esa formación técnica y su red de contactos en el ecosistema de innovación, Sanginés decidió fundar su propia startup. La empresa se enfocó en marketing digital basado en geolocalización y comportamiento del consumidor.

El proyecto desarrolló una plataforma innovadora descrita como una mezcla entre Pokémon Go y un sistema de cupones digitales. Los usuarios podían encontrar, intercambiar y vender cupones de descuentos en un sistema dinámico similar a un álbum de figuritas. «La idea era que la publicidad llegara exactamente a quien quería consumir el producto», explica. La plataforma analizaba datos de interacción, ubicación, contexto temporal y comportamiento del usuario para generar mapas de calor de consumo por zonas geográficas.

El crecimiento fue acelerado. Lograron rondas de inversión importantes, llegando a proyectar hasta 60 millones de euros en financiamiento. Sin embargo, la experiencia más desafiante fue precisamente levantar capital. «Tuve que ir 62 veces a presentar la idea hasta que alguien dijo: “invierto”», recuerda. En Alemania, explica, los inversionistas son extremadamente minuciosos: revisan cada detalle antes de comprometer capital.

 

El Covid-19 alteró el negocio

Jorge Daniel Sangines vivió de cerca la cultura del emprendimiento tecnológico europeo en su momento más intenso, con oficinas en espacios como WeWork y una dinámica marcada por el crecimiento acelerado, la innovación constante y también el alto riesgo. «Éramos de los primeros clientes de WeWork. Era una época muy hipster, de KPIs (Key Performance Indicator o Indicador Clave de Desempeño), de startups que decían que iban a ser multimillonarias», comenta. Sin embargo, su formación bancaria le permitió mantener una mirada más crítica sobre la sostenibilidad de los modelos de negocio.

El ciclo de la startup del profesional boliviano se extendió aproximadamente entre 2010 y 2020. Durante ese tiempo, la empresa evolucionó incorporando herramientas como blockchain y cloud. Su éxito era tal que tenía inversiones de 60 millones de euros.  Sin embargo, la llegada del Covid-19 alteró completamente el modelo de negocio. La plataforma estaba diseñada para fortalecer el comercio físico y las tiendas locales, justo cuando estas comenzaron a cerrar. «Nadie iba a las tiendas a comprar cosas porque la gente prefería comprarlas por Amazon y otro sitio en internet», puntualiza.

Ante ese escenario, la empresa fue vendida junto con su tecnología. «Le dije a la gente: “Miren, señores: una startup es como un cohete. El problema es que o se levanta como un cohete o se estrella como un cohete; no hay nada entre medio», dice. «No hay un “lo convertimos en una empresa más chiquitita o la financiamos a 20 años”; una startup tiene que ser escalable y si no lo es, se caerá. Definitivamente, es una empresa de alto riesgo, pero de alta retribución».

 

Del producto a la consultoría tecnológica

Tras la venta de su startup, el equipo de Sangines redirigió su experiencia hacia la consultoría tecnológica, enfocándose en un problema crítico en el mercado alemán: los sistemas legacy. Se trata de softwares antiguos, que sigue siendo esencial para empresas industriales y financieras. En algunos casos, sólo el creador original entiende su funcionamiento. «Si esa persona desaparece, el sistema entero puede colapsar», advierte. La empresa se especializó en ingeniería inversa, reingeniería y modernización progresiva de estos sistemas sin interrumpir operaciones. Este enfoque les permitió acceder a clientes de alto nivel que enfrentaban crisis operativas reales.

En muchos casos, explica, las empresas llegaban en situaciones límite: sistemas críticos dependientes de desarrolladores únicos, incluso ya fallecidos o retirados. Su equipo lograba estabilizar, documentar y modernizar estas plataformas paso a paso.

Para Sangines, una startup tiene que ser escalable y si no lo es, se caerá.

Una empresa global 

Actualmente, la empresa de este cruceño cuenta con alrededor de 20 profesionales. Él ocupa el rol de director general, mientras su socio lidera la parte comercial, financiera y administrativa. El equipo es internacional: incluye alemanes, latinoamericanos, rusos, ucranianos y bielorrusos. Además, colaboran con empresas externas para el desarrollo de nuevos sistemas. Uno de los factores clave de su modelo es el uso intensivo de inteligencia artificial. «Antes teníamos que analizar el código manualmente. Ahora la IA nos permite acelerar muchísimo el proceso», señala.

Sangines destaca que su condición de extranjero ha sido una ventaja estratégica; le ha permitido ver oportunidades que, desde dentro del sistema alemán, pasan desapercibidas. «Los alemanes solo bajan los requisitos cuando están desesperados. Ahí es donde hay oportunidades», explica, pero también subraya las barreras culturales y lingüísticas del mercado alemán, donde los procesos de contratación suelen ser estrictos y altamente formalizados, lo que limita la incorporación de talento extranjero. En contraste, su empresa opera en inglés y con equipos diversos, lo que les permite integrar perfiles técnicos altamente calificados sin depender exclusivamente de certificaciones locales.

 

Entre el vínculo emocional y las oportunidades

Aunque su vida profesional está establecida en Alemania, Jorge Daniel Sangines mantiene un vínculo constante con Bolivia. Está casado con una boliviana (la cochabambina Reachel Tórrez Siles), tiene un hijo pequeño y no descarta impulsar proyectos en su país de origen. «Uno nunca deja de ser boliviano. Siempre quieres devolver algo al país», afirma.

Reconoce que en el pasado intentó explorar inversiones en Bolivia, pero las condiciones económicas y bancarias no fueron favorables. Sin embargo, hoy ve un escenario distinto y más abierto. Desde su perspectiva, Bolivia posee productos de alto valor aún subexplotados en mercados internacionales: madera, café, cacao, frutas amazónicas, como el achachairú, por ejemplo. Hay cosas que no se olvidan.

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