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HUMBERTO ROCA: «AEROSUR ME COSTÓ NO SÓLO PLATA, SINO TAMBIÉN UN INFARTO Y UN AÑO Y UN MES DE CÁRCEL»

El empresario cruceño arma una nueva aerolínea mientras prepara la presentación de sus libros, cargados de referencias históricas y un marcado trasfondo satírico.
Por Rildo Barba. Fotos Rildo Barba y Google | 22.09.26

Roca (Niumbrito Stein) vende sus libros en Ateneo y, los dos primeros, en Amazon.

Humberto Roca está loco. Él mismo lo cree. El empresario cruceño sorprendió al país en enero al anunciar la creación de una nueva aerolínea y, casi al mismo tiempo, la publicación de tres libros de su autoría, firmados con el seudónimo de Niumbrito Stein. Y la cosa no termina ahí: todavía faltan tres títulos más que, junto con los ya publicados, completarán la saga denominada La gran vía. A ellos se sumará una obra autobiográfica, Mi posgrado en San Petersburgo, basada en sus vivencias durante su paso por la cárcel de San Pedro.

Roca escribió sus novelas en el lapso de un año. En ellas entreteje historias fantásticas con la historia de Santa Cruz de la Sierra, su desarrollo y la particular idiosincrasia de sus habitantes. Ya fueron publicados La extraña historia del Dr. Sápula, Sápula Reditus y Los forasteros del zaguán. Aún están por salir La dama del Silavario, La alquimia de la vida y Los guardianes de la herencia. Este último tendrá un tono más reflexivo y buscará desentrañar por qué el camba es como es y por qué su cultura podría estar en riesgo de desaparecer.

El dueño de la desaparecida aerolínea AeroSur también está chocho de la vida por haber recuperado su alma en Santa Cruz de la Sierra. «Un cuerpo sin alma es un mueble», puntualiza. «Y aquí está la mía. Hay cosas que uno no puede explicar. La pertenencia a un lugar es inexplicable. Estados Unidos es un lugar hermoso, precioso; donde las cosas funcionan al 99 % como dicen que van a funcionar. Pero le falta la esencia de los árboles, de la gente, de los chambones… la tranquilidad».

¿Qué estuvo haciendo en Estados Unidos?

Durante los primeros cinco años me dediqué a intentar volver. Mi cerebro no quería entender por qué no podía regresar. Entonces hice todo lo posible para encontrar la manera de volver, para eludir las trampas que me había puesto el Gobierno anterior. Pero finalmente me di cuenta de que era imposible, porque el problema no era solamente el Gobierno, sino también una sociedad corrompida, con grandes agujeros negros en su pensamiento y en su comportamiento. Y ese Gobierno se encargaba de llenar esos espacios. Entonces decidí reinventarme en Estados Unidos.

¿Fue difícil salir de Bolivia?

Fue una dualidad de sentimientos. Por un lado, me sentía culpable por haber sido un tipo contreras; pero, por otro, satisfecho porque no había traicionado mis principios. Los primeros años de una persona que se va porque la obligan a irse, y no porque quiere, son terribles. Son terribles porque uno no termina de entender por qué se fue, por qué le quitaron su pertenencia. Y no hablo solamente de plata o de bienes, sino de algo mucho más profundo: de la pertenencia al lugar donde uno vive.

Cuando usted se fue, ¿AeroSur seguía volando?

Sí, pero con problemas. Había una guerra total en contra de AeroSur. No se olvide de que AeroSur era la antítesis de la historia que sostenía el Gobierno. Ellos decían que los empresarios eran unos perros, aprovechadores, esclavizadores… y en AeroSur todo eso era falso.

¿Qué sintió cuando la aerolínea no fue más?

¡Imagínese! En realidad, de a poco fui mirando cómo moría por los errores que cometieron los que supuestamente eran sus dueños, al caer en la trampa del Gobierno. Al final, acabé siendo un vulgar palo blanco; me enteré allá de que yo era un pobre diablo sin nada (risas). Yo había estado en la aerolínea desde el principio, pero tomé sus riendas en 1997, cuando tenía dos aviones, debía seis meses de salario, la Renta la cerró y su facturación era 16 millones de dólares al año. En mi gestión esa compañía creció. Cuando me fui, AeroSur facturaba 286 millones de dólares, que era el 2,5 o un poquito más del Producto Interno Bruto Boliviano y el 8 % del Producto Interno de Santa Cruz.

¿De dónde tenía plata usted antes de AeroSur?

De los inmuebles. Ese es el origen de mi dinero, los inmuebles. Tenía también una fábrica de espuma de poliuretano, otra de alfombras, una carpintería y una serie de actividades agrícolas. Pero la que me apasionaba era la aviación y era la que más se notaba, era la que todo el mundo conocía. Para construir AeroSur vendí cualquier cantidad de inmuebles y proyectos. Me costó no sólo plata, sino también un infarto y un año y un mes de cárcel. Incluso me costó una pelea con Percy Fernández, que no quería que el avión aterrice en El Trompillo. Me quiso meter preso, pero yo era más loco que él, no pudo conseguir su objetivo (risas).

Cuando usted volvió, ¿pudo ver los aviones de AeroSur en Viru Viru?

No los miré porque los veía todos los días en Google Earth. Desde ahí observaba cómo movían los aviones de un lugar a otro. También vi cómo desaparecieron sus motores, lo que fue un acto de prestidigitación magnífico. Ni David Copperfield podría hacer desaparecer cerca de 40 motores. ¿Se fueron solitos? ¿Estaban de vacaciones? No sé. Bolivia es el país de los insólitos, de esas cosas que ocurren sin ocurrir.

¿Y cómo es que usted se quedó con el gusto por la aviación?

Lo que pasa es que esto es un vicio. Mis padres no querían que yo tuviera nada que ver con la aviación porque, como creían que era un poco loquito, tenían miedo de que hiciera locuras en el aire (risas). Por eso nunca me dejaron estudiar para ser piloto ni ingeniero aeronáutico. Pero a mí me fascinaban los aviones desde niño. Tenía una colección de avioncitos para armar, que después pintaba y coleccionaba. También tuve un avión a control remoto, pero nunca pude hacerlo volar; lo tumbaba porque era muy chambón (risas). Cuando tuve AeroSur, mi mamá decía que yo simplemente había cambiado de juguete.

Los aviones han sido la gran pasión de Humberto Roca desde que era niño.

DE AEROSUR A NEOSUR

¿Por eso quiere crear Neosur?

¡Ya está creada la compañía Neosur! La estoy haciendo para que mi hijo Humberto sea el dueño, o sea el “neo Humberto”. Él estudió una de esas profesiones locas de computación, pero lo convencí de que se venga conmigo para tomar el control de esta nueva línea aérea que, por supuesto, comenzará a operar cuando nos entreguen los aviones cero vuelos, cero horas.

Entonces serán mejores que los de AeroSur.

Diferente, porque AeroSur tenía una mística, tenía un montón de cosas que espero poder recuperar y alcanzar en esta nueva compañía. Pero, a diferencia de AeroSur, esta tendrá su propia experiencia y su propia historia. Ahora que estoy un poco más viejito, me he vuelto algo más responsable (risas).

Yo me refería a que AeroSur no tuvo aviones nuevos.

¡Los tuvo! Tuvo un avioncito cero kilómetros, un Fairchild Metro 23, y tres aviones LET fabricados en la República Checa. Y, bueno, el Súper Torísimo (Boeing 747-400) no era viejo, que cuando llegó aquí sólo tenía seis años de uso.

¿Tiene alguna fecha tentativa para el despegue de Neosur?

Bueno, los fabricantes nos han dicho que pueden entregarlos a finales de 2027. Pero los fabricantes son como los carpinteros: dicen “va a estar el sábado”, pero nunca dicen qué sábado. Así que, como fecha optimista, hablamos de finales de 2027; y como fecha tope, mediados de 2028.

¿Es buena época para pensar en una empresa de aeronavegación?

Le voy a volcar la pregunta: ¿Usted cree que Bolivia necesita otra línea aérea?

Necesita una nueva línea aérea.

Ahí está la respuesta. AeroSur irrumpió en el mercado cuando el Lloyd Aéreo Boliviano era estatal, recibía el respaldo del Estado y gozaba del cariño de la gente. Para muchos, el Lloyd era motivo de orgullo. Entonces nosotros entramos a competir y fue muy difícil ganar mercado, porque el Lloyd todavía no estaba desprestigiado. Ahora competir con BoA es como pegarle a un borracho (risas).

¿Usted se metió a la aviación sin saber nada?

Nada. Aprendí a porrazos y los porrazos provocan chichones. Me costó casi una yesquera franciscana. Aprendí que la aeronáutica es la misma en todo el mundo, pero es diferente su aproximación en cada país. Lo que es bueno para un país no necesariamente es bueno para el otro.

¿Usted cree que funcionaría en Santa Cruz el famoso hub?

El hub no depende solamente de la infraestructura. Un hub implica muchas cosas: leyes, seguridad jurídica, incentivos, infraestructura y, sobre todo, una línea aérea que quiera desarrollarlo. Le doy algunos ejemplos. El aeropuerto con mayor cantidad de pasajeros de Latinoamérica es Guarulhos, en São Paulo, que mueve cerca de 48 millones de pasajeros al año. ¿Y por qué? Porque es el hub de las principales líneas aéreas brasileñas. ¿Quién lo hizo? Las líneas aéreas brasileñas. No lo hicieron Emirates ni American Airlines. El segundo aeropuerto más grande de Sudamérica es El Dorado, en Bogotá, que está cerca de los 47 millones de pasajeros. ¿Y quién lo hizo? Avianca. ¿Y de dónde es Avianca? De Colombia. El hub de Panamá, ¿quién lo hizo? Copa. ¿Y de dónde es Copa? De Panamá. Para tener un hub se necesita una línea aérea; una línea aérea que realmente funcione, sin subvenciones y sin esas reglas mañosas que hicieron en Bolivia. Este Gobierno no sólo tiene la oportunidad, sino también la obligación de cambiar todo eso si quiere construir una aviación sustentable. Si no, será lo mismo de siempre.

Roca mostrando el Súper Torísimo, un Boeing 747-400 que operó de 2009 a 2012.

SUS EXPERIENCIAS, SUS LIBROS

Cambiando de tema, ¿dónde estaba ese espíritu de escritor cuando vivía acá?

Nació cuando me metieron preso. Me metieron preso sin beberla ni comerla, ¡por burro! Uno a veces es burro por no hacerle caso a sus padres. Así que acabé preso en La Paz, porque a los cambas siempre los llevan allá; allá los ponen en exhibición. Ese mundo surrealista que viví en La Paz no aparecía en ninguna novela. No estaba en Cien años de soledad, ni en La casa de los espíritus, ni en ningún libro que usted se pueda imaginar. Era un mundo bizarro, surreal. ¡Ni la imaginación más loca podría inventarse lo que vi en San Pedro! Entonces dije: “Yo tengo que escribir esto”. Incluso le puse nombre desde el principio: se llamará Mi posgrado en San Petersburgo.

Jodido, ¿no?

Fue un lugar donde sentí frustración, desesperación, bronca e ira al intentar explicarme por qué diablos estaba uno ahí sin haber hecho nada. Después de dos semanas empecé a pensar diferente. Me di cuenta de que tenía que asimilarlo y llevarlo de la mejor manera posible. Entonces comencé a observar lo que ocurría, a mirar de cerca cómo era ese mundo y terminé pensando que todo aquello debía convertirse en un libro.

¿Lo escribió en la cárcel o cuando ya estaba en libertad?

No, todavía no lo he escrito; pienso hacerlo cuando sea un poco más viejo. Me pareció más interesante sacar primero La gran vía, pero me salió grandota, de unas 1.200 páginas. Y dije: “Nadie va a leer un libro de 1.200 páginas, peor en esta época en que todo es digital”. Entonces decidí dividirla en seis novelitas. Las hice así para que sean más rápidas de leer, especialmente para los jóvenes, porque esos, con sus chats y sus telefonitos, ya no saben de otra cosa (risas).

Pero entonces, ¿escribe para un público joven?

Soy testarudo yo. Entonces, como mi intención es que los lean los jóvenes, los hice un poco más dinámicos, menos complicados; incluso el lenguaje es bastante simple. Claro que tienen tres capas: usted los mira y encuentra la historia, las historias no contadas de Santa Cruz y, por debajo, el trasfondo, que está en las metáforas, en las frases hechas y en la esencia misma de los libros. Pero hay que leerlos unas dos veces para darse cuenta. Tienen mucha mordacidad. Son satíricos, o sea, hay bastante sarcasmo.

¿Fue fácil convertirse en escritor?

No, no fue fácil. Como no había aprendido dactilografía, porque la plata que me dio mi tía para hacer el curso me la gasté en ir al cine con unas peladas, terminé siendo un escritor de dos dedos. Entonces, mientras escribía, ya me olvidaba para dónde iba y cómo era lo que quería decir. Así que no pude hacerlo. Después intenté grabarlo para que lo transcribiera mi secretaria, pero había que decirle dónde iba la coma, el punto… y no había tiempo. Luego, mi hijo me consiguió un programa que, en esa época, era una especie de inteligencia artificial: uno le hablaba y el programa escribía. Pero le decía “coma”, “punto”, “dos puntos”, “raya”… ¡y eso más escribía! Era un Carnaval. Después contraté a un escritor de verdad, un colombiano que había sido rector de una universidad, para que yo le relatara y él lo escribiera. Pero me escribía, pues, en colombiano, entonces no era yo (risas). Hasta que hace un año, o menos, mi hijo me dijo que había salido una inteligencia artificial a la que vos le dictás y ella te lo escribe y, además, te lo corrige. Después de pasar dos meses diciéndole que escribiera como yo hablaba, usando el voseo, llegamos a un acuerdo con la señora. Yo le puse Ofelia y así escribí los libros.

¿Escribió sus libros con inteligencia artificial?

Yo le doy una instrucción bastante detallada para que no lo cambie, porque si no ella lo cambia y lo hace un champurreo. La inteligencia artificial no llega a la perfección; sus razonamientos son cortos. Y así fue que como el ChatGPT me dio la secretaria que yo necesitaba. Le ponía las comas, los puntos y todo él solito. Entonces escribí todo lo que tenía guardado en mi cabeza durante 20 años o más.

¿No tiene miedo de que la gente diga que usted no escribió nada y la que hizo sus libros fue la IA?

Lo van a decir. ¡Si de mí han dicho de todo! Me parece bien que lo digan. Todo el mundo tiene derecho a decir lo que quiera.

Leí a alguien preguntando: “¿Desde cuándo Humberto Roca se las está dando de escritor?”

Yo no quiero dármelas de escritor. Quiero compartir mis experiencias y mi fantasía de una forma sana. Esas son mis fantasías, mezcladas con mi experiencia. No quiero hacerle competencia a nadie. Es más, el dinero que se recauda primero paga los costos de producción del libro y todo lo que sobre irá para el Oncológico. O sea, yo no… Ni siquiera los he publicitado ni los he metido en ningún tipo de concurso ni nada por el estilo. Los cambas somos orales y no escribimos. Y cuando escribimos, lo hacemos para nosotros mismos. Yo uso la inteligencia artificial por su rapidez, pero tengo mi editora, María José Parejas. La tengo chipada a la pobre, porque ella se encarga de revisar que todo esté como debe ser.

¿Usted regresó a Bolivia con toda su familia?

No. Sólo mi hijo Humberto y mi esposa están acá conmigo. Mi mamá murió allá y ahora es una mamá itinerante porque la cremamos y la llevamos a todas partes. Creo que pasea más que antes (risas).

Usted está loco.

¿Usted cree?


Esta entrevista fue realizada antes de que Humberto Roca anunciara la creación de Cruzair, una nueva línea aérea en Bolivia, cuyo inicio de operaciones está previsto entre febrero y abril de 2027.


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