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MARCELO VÉLIZ, EL BIBLIOTECARIO QUE CREE EN EL PODER DE UN LIBRO PARA TRANSFORMAR VIDAS

Lleva 38 años en la biblioteca de la Aecid. Considera que, en una época dominada por las pantallas y las redes sociales, fomentar la lectura representa un gran desafío.
Por Rildo Barba. Fotos Romina Camacho | 13.07.26

En cierto momento, el bibliotecario pensó que podría ser músico o arquitecto.

«Poder servir a la comunidad y contribuir a que el conocimiento llegue a más personas ha sido la mayor satisfacción de mi vida». Así resume Marcelo Véliz Sahonero su trabajo como bibliotecario de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (Aecid). A sus 63 años, de los cuales 38 los ha dedicado a custodiar libros y orientar lectores, está convencido de que un libro, un documento o una simple consulta pueden cambiar una vida. La suya, de hecho, cambió gracias a una biblioteca.

Nacido en Santa Cruz de la Sierra, su camino hacia la bibliotecología estuvo lejos de ser el que imaginó en su juventud. De hecho, en cierto momento pensó que podría ser músico o arquitecto, mientras defendía el arco de su equipo de fútbol barrial. Antes de descubrir su verdadera vocación trabajó como ayudante de un ingeniero durante la construcción del aeropuerto Viru Viru y del Hospital Japonés. Más adelante se incorporó a la biblioteca de la Villa Primero de Mayo, donde permaneció entre 1986 y 1988. Fue allí que comenzó todo.

 

El libro físico, insustituible

Los tiempos han cambiado y los libros impresos ahora comparten espacio con las publicaciones digitales. Sin embargo, Marcelo Véliz continúa recibiendo cada día a personas de todas las edades interesadas en consultar bibliografía especializada. La biblioteca de la Aecid resguarda monografías, anuarios, informes coyunturales, memorias institucionales y obras especializadas en humanidades y ciencias sociales de Iberoamérica, Filipinas, Guinea Ecuatorial y el mundo árabe e islámico. Además, ofrece información sobre becas de posgrado en universidades españolas.

Frente al avance de las plataformas digitales, el bibliotecario está convencido de que el libro impreso conserva un valor imposible de reemplazar. «Siempre ocupará un lugar especial. Está el contacto mismo con el libro, su materialidad. Es cierto que el formato digital permite acceder con rapidez a publicaciones recientes y mantenernos actualizados, especialmente en el ámbito profesional, pero el libro físico sigue siendo insustituible», indica.

Para este comunicador social y bibliotecólogo formado en la Universidad Autónoma Gabriel René Moreno (UAGRM), una de las mayores fortalezas del libro tradicional radica en la confianza que ofrece una editorial seria y en la posibilidad de manipular la obra como un verdadero objeto de estudio. En cuanto a la inteligencia artificial, mantiene una visión abierta y práctica: «Es una herramienta más. Lo importante es aprender a utilizarla correctamente para obtener buenos resultados».

 

Apasionados por la literatura

Durante casi cuatro décadas entre estanterías, este profesional ha comprobado la existencia de lectores que leen de manera incansable. «Somos consumidores de conocimiento más por la necesidad de saber y conocer determinados temas que por simple ocio, aunque también hay muchos jóvenes a quienes les apasiona la literatura», comenta.

Cuando se le pide a Véliz recomendar tres libros imprescindibles, menciona: Mi planta de naranja lima, del brasileño José Mauro de Vasconcelos, al que define como «un monumento a la ternura». También destaca Los diarios de Adán y Eva, de Mark Twain, y la trilogía del escritor boliviano Julio Anturiano Hurtado, integrada por La hiena, El chacal y En la cárcel del pasado.

Las tres últimas obras mencionadas las leyó cuando trabajaba en la biblioteca de la Villa Primero de Mayo y procuró que muchos jóvenes también las descubrieran. «Era una época difícil. Los libros abordaban el narcotráfico, la droga y la corrupción en Bolivia. Eran una especie de crónica acompañada incluso por recortes de prensa y ayudaban a reflexionar sobre las consecuencias de tomar malos caminos», refiere.

 

Una profesión maravillosa

La tecnología también ha transformado el trabajo de los bibliotecarios. Marcelo Véliz considera que mantenerse al día ya no es una opción, sino una necesidad. Está convencido de que quienes no incorporan los avances tecnológicos en su ámbito laboral terminan quedando rezagados, por lo que cada profesional debe asumir el compromiso de renovar permanentemente sus conocimientos.

Por otro lado, considera que, en una época dominada por las pantallas y las redes sociales, fomentar la lectura representa uno de los mayores desafíos. «Es una batalla contra la facilidad con la que hoy circula todo tipo de información, tanto buena como mala. Ahí el papel de los padres es fundamental para formar ciudadanos responsables y con criterio», puntualiza.

Gracias a su profesión, Marcelo Véliz ha colaborado en la creación y organización de numerosas bibliotecas dentro y fuera de Bolivia. Incluso desarrolló un programa de gestión bibliotecaria que le permitió conocer varios países. «No te imaginás la bolsada de cartas de agradecimiento, certificados y reconocimientos de aquí, allá y más allá», dice. Aun así, admite que la bibliotecología rara vez figura entre las profesiones más reconocidas, a pesar de ser tan digna y trascendente como cualquier otra. «A mí me ha llenado de satisfacciones; me ha dado todo lo que tengo», asegura.

Véliz ha colaborado en la creación y organización de numerosas bibliotecas.

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