El psiquiatra beniano acaba de presentar uno de sus proyectos más ambiciosos: el Diccionario etimológico del habla del oriente boliviano, un libro que reúne años de investigación sobre el origen y la evolución del lenguaje camba.
Por Rildo Barba. Foto Okey! | 24.05.26

«Si alguien me comenta sobre la cantidad de libros que leo al año, será porque vos le contaste; y yo lo negaré, porque la gente me tomará por charlatán». La frase provoca la sonrisa inmediata de Luis Alberto Roca, aunque detrás de ella hay una verdad imposible de ocultar: la lectura ocupa buena parte de su vida. Segundos después, intenta explicar de dónde nace su relación con los libros: «En mí se juntaron varias cosas: una memoria privilegiada, avidez por leer, libros a mi alcance y ser psiquiatra», resume.
En parte, culpa de ello la tiene su esposa, Rita Gravato. Hace 45 años, cansada de verlo gastar fortunas en librerías durante sus viajes al extranjero, decidió abrir una propia (Ateneo, en Santa Cruz de la Sierra). «Ahora me doy el lujo de leer los libros y devolverlos si no me agradan; me doy el lujo de regalar algunos y me doy el lujo de ganar plata para comprar más libros», comenta.
Pero el “doctor Lucho”, nacido en Santa Ana del Yacuma (Beni) y radicado desde hace décadas en Santa Cruz de la Sierra, tiene gustos muy definidos. «No me gustan las novelas. Como dijo (Jorge Luis) Borges: la novela es ripio, se pierde mucho tiempo en ellas; apareció el sol a la lontananza y los pajaritos… No, eso no va conmigo, eso para mí es indigestión intelectual», afirma. Su verdadera pasión está en la poesía, el ensayo, la historia y la filosofía clásica. «Leo y venero a los filósofos griegos, como Séneca; él es mi maestro y mi referencia».
En medio de esa pasión por la lectura, también sintió la necesidad de escribir, aunque se define con humor como “un lector bulímico y un escritor anoréxico”. A lo largo de los años ha publicado la tesis de Derecho de Familia Adopción de hermanos (1980); la investigación historiográfica La importancia de llamarse Pedro (2002); el ensayo psicosocial Viuda, cuanto antes mejor (2006); Breve historia del habla cruceña (2017) y Elogio a Santa Cruz (2020). Hace unos días presentó su más reciente obra: Diccionario etimológico del habla del oriente boliviano.
¿Por qué un diccionario?
Un diccionario es la herramienta que tenemos los seres humanos para conocer el significado de palabras que no son de uso común y para desempolvar algunas que se están perdiendo. Las palabras nacen, crecen, se reproducen y mueren, porque el lenguaje es un ser vivo. En el Larousse o en el diccionario de la Real Academia Española hay alrededor de 50 mil palabras, y las personas cultivadas, las que tienen afición por el lenguaje, utilizamos cuando mucho unas 3.000 a lo largo de la vida. El resto es un cementerio. Entonces, un diccionario es, en cierta forma, un cementerio de palabras, pero también un ser vivo capaz de alertarnos sobre el significado de una palabra y enseñarnos a usarla correctamente.
Pero, ¿por qué precisamente un diccionario camba?
En los años 50, Santa Cruz era pobre de solemnidad, con la gran ventaja de que éramos pobres todos. No existía el clasismo ni la envidia ni la competencia. Vivíamos, digamos, como en El buen salvaje, la novela de Eduardo Caballero Calderón; era un paraíso terrenal y lo sabíamos. Claro que había carencias intelectuales, pero mi padre las suplía con revistas en inglés, idioma que él enseñaba y manejaba perfectamente. Nosotros, los más jóvenes, apenas teníamos el diccionario Larousse, que era magnífico porque era ilustrado y de pequeño no tenía nada. De ahí nace mi afición por este tipo de obra. Y también del habla cruceña de aquella época, muy mezclada con palabras de origen chiquitano, chané y quechuas. Por cierto, mucha gente cree que esos términos llegaron con las migraciones del occidente en los años 50, pero no es así. Yo explico en el diccionario que muchas de esas palabras llegaron con Ñuflo de Chávez, que vino desde Lima acompañado por alrededor de 3.000 aimaras y quechuas. En el trayecto hacia estas tierras, las palabras fueron anclándose y repitiéndose. Algunas, por ser vigorosas y útiles, sobrevivieron; otras murieron y ya no las recuerda ni el más viejo de los hablantes del castellano camba.
¿Cuánto tiempo le tomó escribirlo?
Recuerdo que alguna vez dijeron que Miguel Ángel hizo la Capilla Sixtina en 40 años… depende de cuántas horas trabaje uno. Yo tuve un vacío que quizá Dios me premiará permitiéndome vivir más de 90 años: pasé una década sin clínica y sin ninguna actividad laboral. Entonces, para llenar mis días y mis inquietudes, me rodeé de diccionarios. En aquel momento sólo existía el glosario del doctor Hernando Sanabria, que siempre me pareció demasiado breve. Después apareció el diccionario de Germán Coimbra Sanz, un trabajo extraordinario para su época y que todavía sigue vendiéndose. Ese libro merecía ser igualado o incluso superado; ese fue el desafío.
Doctor, ¿cómo se explica que un psiquiatra publique un libro de este tipo?
Es común que los médicos, en cualquier sociedad, tengan conocimientos más amplios que el común de la gente. El médico usa alrededor de 3.000 palabras cuando conversa con colegas. Nunca diría simplemente “tuvo un desmayo”; hablaría de lipotimia o de síncope. Hay seis u ocho maneras distintas de nombrar lo mismo. Ahora bien, el psiquiatra, por antonomasia, tiende a ser un polímata. Como decía José Ingenieros: “El médico que sólo sabe medicina, ni siquiera medicina sabe”. El psiquiatra tiene que estudiar historia, sociología, antropología, filosofía… Si no lo hace, no puede entender mínimamente al ser humano, que es un conglomerado de memoria, estudio y repetición de hechos.
¿Usted usa todas las palabras que aparecen en su diccionario?
Bueno, algunas ya están en el cementerio, pero es difícil que yo no conozca la mayoría. Me someto a la prueba, si querés perder un poco de tiempo.



